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sábado, 5 de septiembre de 2009

Luz Permanente-Glexis



Según Platón el artista es un farsante que no crea obras reales, sólo hace copias de copias, pues aunque como buen artesano puede hacer “apariencias”, parecidos, pero nunca esencias: sólo las Ideas divinas y celestiales son verdaderas. Con la obra, La luz Permanente-Quisqueya falla toda la lógica platónica y la obra supera a la realidad, la supera en cuanto nuevo escenario que trasciende la dinámica de lo planificado o predecible y entra el reino de lo “demasiado humano”.

Si el arte no va a imitar a la vida -imposible por definición-, entonces ha de asumir la vida como arte y la serie de eventos de Glexis Novoa “La Luz Permanente-...” ponen en evidencia que cada entorno tiene vida propia. En la Habana no hace falta invitar a pasar a nadie, todos toman parte sin aun saber de que se trata. En Quisqueya todos se quedan en la puerta, en la frontera, haciendo con esto más amplio el espacio del happenings; esperan -inocentes- que se les invite a pasar, que comience el evento, sin saber que ellos son el evento, que cada paso que han dado desde que fueron invitados hasta horas después de salir de la galería es parte de la “eventualidad”. Hasta esto que escribo pensando que lo hago porque me da la gana es parte del plan -del no plan-. Wolf Vostell, uno de los creadores de una tendencia llamada fluxus muy emparentada al happenings y al performance, dijo a propósito de estos que eran “considerar el arte como espacio, el espacio como entorno (environment), el entorno como acontecimiento, el acontecimiento como arte y el arte como vida”.

Ayer Glexis publicó en su canal de Youtube el video del evento (hace unos días yo publiqué una crónica aquí en el Blog). Este video es un documento, pero no es la obra en sí misma. Lo que sucedió la noche del miércoles 19 de agosto en el espacio Estampa-Las Mercedes sólo aconteció allí, y sólo los que estuvieron sabrán lo que pasó y no digo “exactamente”, porque cada cual tendrá una perspectiva diferente -expectativas diversas, satisfechas o insatisfechas de múltiples modos: al fin y al cabo no importa-. Consciente de esto, Glexis al final del video, a modo de epílogo, pone un clic en que alguien dice “esto nunca explicará lo que sucedió esa noche” y es cierto, porque él no intenta explicarlo, ni tan siquiera contarlo, el video sólo hace referencia a un acontecimiento, lo complementa pero no lo limita. No es un testimonio aunque vicariamente puede “hacer las veces de” testimonio.

Lo que queda de la obra no es la obra, el valor estético reside, digo reside y no residió, porque la obra sigue aconteciendo en alguna dimensión extraña. Quedan documentos, testimonios o rumores; pero el apoteosis ocurre cuando lo acontecido de tanto ser contado y reinventado en el narrar se convierte en una especie de mito cultural -todos hablan de un algo que dicen que ocurrió, pero nadie tiene certeza de que pasó-. No se “purificó” estéticamente la realidad, si no que las fronteras de lo estético se ampliaron hasta abarcar lo “automático” del espectador, el cual desaparece en cuanto tal para integrarse en la acción, fusionando así el arte y la vida, diluyendo los límites de lo estético.

Acerca del video:
La Luz Permanente-Quisqueya / Glexis Novoa © 2009

martes, 16 de junio de 2009

La obra no basta



Es muy común encontrar personas sin cercanía al arte afirmar: eso puedo hacerlo yo. Hace unos días conversaba con un profesor de física al respecto, su punto de vista era que si él se ponía a pintar como Jackson Pollock, sus obras probablemente tuvieran el mismo valor estético que las de esté y sin embargo no alcanzarían la misma trascendencia. Con lo cual trataba de probar que el valor estético de la obra de arte era subjetivo y estaba ligado a un nombre. Ante esto habría que responder sí y no. Sí, en cuanto es verdad que pueda alcanzar el mismo valor estético; pero no, en cuanto a que el resultado de su aventura sea una obra de arte. No es una obra de arte, porque como principio, no cree que los cuadro de Pollock, Picasso o quién sea qué tome como referencia, lo sean verdaderamente, y esto es lo que en lo más profundo de su conciencia trata de demostrar.


El valor histórico trascendente del arte reside en la intención y la creatividad. El valor estético sólo se puede constatar a través del resultado. La Fuente presentada por Marcel Duchamp (firmado por R. Mutt) a la primera exposición de la Society of Independient Artists que se inauguró el 9 de Abril de 1917 en Nueva York no es una obra precisamente bella, sería difícil encontrar en ella el non plus ultra de los valores estéticos -siempre habrá un fanático o un tonto que afirme lo contrario-. En esa misma exposición -donde, huelga decir, que la citada Fuente no fue admitida- expusieron un sinnúmero de artistas, incluso -en su momento- más conocidos que Duchamp, obras bellas que no recordamos hoy. Cualquiera puede lograr obras de cierto valor estético, sea artista o no. Pero no todos pueden crear obras de arte que trasciendan las fronteras de lo mediato y se conviertan en iconos culturales de una época.


Tal vez en lo espiritual funcione el cliché de “si él lo hizo yo puedo hacerlo también”, pero en el arte, hacer lo que hizo otro no es camino al éxito. Pues el talento traza sus propias rutas y se abre camino a través de inescrutables desiertos. Los verdaderos genios piensan fuera del cajón, como hizo Einstein; sólo él pudo concebir una teoría de la relatividad, mas allá de los límites de las leyes de la mecánica clásica de Newton. El ejemplo se puede transpolar a lo que hicieron los impresionistas con el uso del color; Duchamp con sus Ready Made; Pollock con su driping; Warhol con sus serigrafías y miles de otros talentosos artistas que crearon sus propios caminos.










Obras:

1. Marcel Duchamp: "Fuente", 1917. Foto tomada por Yoél Almaguer en la Exposición "Duchamp, Man Ray, Picabia", en el MNAC de Barcelona. Agosto 2008

2. Pablo Picasso: "Niña frete al espejo", 1932. MoMa, New York.

3. Jackson Pollock pintando en su taller

4. Jean-Michel Basquiat: "Self Portrait as a Heel", 1982

5. Jeff Koons, "Sacred Heart (Red/Gold)" (1994–2007), Metropolitan Museum of Art, New York, 2008

jueves, 11 de junio de 2009

Para disgustos se hicieron los colores


La sabiduría popular ha acuñado una frase que siempre me ha hecho pensar que es una solución, en exceso salomónica, al problema de la belleza: “para los gustos se hicieron los colores”. Siempre he respondido, de modo natural y sin detenerme mucho a pensar: para los malos gustos se hicieron los colores, partiendo de la idea de que de lo contrario debería haber tantos colores como gustos, con lo cual sería imposible afirmar que hay mal gusto. De esto se desprende que es más lógico ante la incapacidad natural del hombre de reconocer a la primera impresión la belleza, justifica su ignorancia sumiendo todo en la subjetividad. Subjetividad esta que aunque inofensiva en el caso del gusto de mi madre al comprar un cuadro para decorar la casa, se vuelve terrible cuando ella quiere llamar a ese cuadro “arte” y aplica esos mismos parámetros a cualquier obra artística. Y muchos me dirán: “tranquilo, no lo tomes tan a pecho”, sin saber que el sentido común se vuelve un sin sentido en el momento en que coexisten dos criterios completamente divorciados a la hora de valorar una obra: el doméstico y el del museo.


Con esto queda claro que a la hora de juzgar el arte hablar de gustos es superfluo y secundario. Me puede gustar “Los comedores de patatas” de Van Gogh tanto como para colgarlo en la sala de mi casa antes que a “Las Meninas” de Velázquez, pero la calidad indiscutible de ambas obras escapa y trasciende al simple impulso que me hace preferir la una a la otra.


Podríamos decir, con Kant que lo agradable y lo bello son categorías totalmente diferentes. Lo agradable se refiere siempre al sujeto que valora, por ejemplo: me es agradable aquella pintura. Es agradable para mí, pero esto no le quita el carácter de horrible en sí misma. En cambio, cuando me refiero a lo bello que es tal cuadro de Basquiat ya estoy hablando de una característica de la obra en sí, independientemente de lo educado o atrofiado que esté mi sentido del gusto. En este punto cabría aclarar que la calidad de una obra X no está ligada al nombre de su autor, de seguro Picasso tiene obras malas y Periquito Pérez haya logrado obras de un gran valor estético.


Si fuera cierto que “para los gustos se hicieron los colores” (cada uno tiene su gusto) estaríamos afirmando que el gusto no existe, “que no existe el juicio estético que pudiera legitimar pretender el asentimiento de todos” (Kant). Pero si bien no estoy de acuerdo con que la belleza es algo a merced de los gustos, de igual modo tampoco comparto la idea de que la belleza es un trascendental, al estilo platónico-aristotélico, inmutable en sí misma, pero esto es algo de lo que hablaré en entradas futuras.